Si te cuento cuando fue que cogí por primera vez, no me lo vas a creer. Tenía nueve años. Jugábamos a las visitas con una vecinita, y como vimos que sus papás, bueno, la mamá y el macho que tenía, se encerraban a la siesta y era una de ay, sí, sí, dame papito y tomala guacha, tomá, tomá, dale, sí, dale que me gusta y quejidos y suspiros y todo eso que vos sabés, nosotros empezamos a buscar por donde espiar.
Como la pieza de la vieja daba al fondo de la casa, pegado a un terreno baldío, nos trepamos a un árbol y le hicimos un agujero al techo de chapa. Dos agujeros, porque la nena también quería mirar. A la siesta nos acomodamos en primera fila y cuando comenzó la función nos pusimos locos. Yo no sé si es normal o no, pero a mí se me paró y la nena se puso toda colorada, como con fiebre. Tenías que verlo. El tipo tenía una pija que en ese entonces me pareció inmensa. Y ahora que me acuerdo, puedo decirte que era grande, no más. ¡Pedazo de marlo! Y la vieja estaba refuerte. Claro que cuando te digo vieja te hablo para un pibe de nueve años. La mina no tendría más de treinta años, medio gordita, pero firme y con unas tetas que parecían dos número cinco. ¡Si me habré pajeado pensando en esas tetas!
Al rato con la nena bajamos del árbol y nos fuimos a jugar a la piecita donde jugábamos siempre. Fue, como diríamos hoy en términos legales, de mutuo acuerdo. No fue más que entrar en la piecita y nos empezamos a desnudar. Yo tenía la pijita dura, ella se puso como la mamá, con las rodillas a la altura de las orejas, y yo me mandé al fondo moviéndome como lo había visto al tipo.
Yo sé que a esa edad no se acaba, pero después de serruchar un rato, capaz que de cansancio, no más, me daba como un escalofrío, y como había visto que el tipo se tiraba al costado y suspiraba, yo hacía lo mismo. La nena, imitando a la mamá, me abrazaba y me acariciaba el pito ¡Era de lindo!
La cuestión es que a partir de esa siesta todos los días esperábamos que llegase el macho de la vieja y no encerrábamos en la piecita a coger. Bah, que se yo, a jugar a coger. Porque para nosotros eso era un juego. Claro que el día que la vieja nos pescó, se acabó el juego y a mi casi me tienen que hacer la raya del culo de nuevo de tantos alpargatazos que ligué. Pero ves, a mí en vez de traumarme me convenció de que todo el mundo estaba equivocado. Hacían un escándalo porque uno se echaba un polvito y ellos vivían todo el día deseando hacerlo.
Mientras que todos pensaban que coger era un pecado yo crecí creyendo que coger es una cosa divertida, que si los dos o los tres o los que sean que participan de la joda, están de acuerdo, no hay en eso nada malo. Resulta que cualquier boludo decide hacer una fiesta para mirar el partido del mundial y se reúnen chiquicientos tipos, chupan, morfan, gritan cada vez que otro boludo mete un gol y nadie piensa que son unos degenerados por estar perdiendo el tiempo al pedo. Pero si uno se encuentra con un par de amigos y un par de amigas y se decide a hacer una fiesta divertida, morfando, chupando y cogiendo, uno es un degenerado.
Bueno, te decía que la vieja nos dio la cana una tarde de sábado en la que parece que estaba con la regla y la función duró mucho menos de lo habitual y al salir de la pieza escuchó a la nena pegando grititos como ella, porque la nena la imitaba que era una maravilla, y ahí se pudrió todo. Ligó ella, ligué yo, cuando llegué a casa ligué de nuevo por parte de mi vieja, cuando llegó mi viejo volví a ligar y no ligué más porque no tenía más parientes.
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